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Los entresijos de los grandes trabajos fotográficos

Gervasio Sánchez lleva más de 25 años retratando el rostro humano de los conflictos bélicos.

Gervasio Sánchez lleva más de 25 años retratando el rostro humano de los conflictos bélicos. Foto: Diego Sánchez.

Lleva un cuarto de siglo recorriendo con una cámara al hombro los rincones más violentos del planeta. Su excepcional mirada ha retratado el rostro más humano de la guerra para denunciar ante un mundo ciego y sordo el sufrimiento mudo de miles de personas [entrevista realizada por Jorge Miguel Rodríguez y Pilar Irala en enero de 2010, y publicada en el número 660 de la revista Nuestro Tiempo].

¿Es verdad que trabajó de camarero? 

Sí, 17 veranos, de los quince a los 31 años. Fue en un buen restaurante de Tarragona, y lo hice por necesidad, mientras estudiaba la carrera: deseaba viajar y aquel trabajo me permitió cumplir ese anhelo. No quería quedarme sentado en el escritorio de un periódico. Las historias estaban en la calle.

¿Qué le aportó aquel trabajo, además del dinero?

Saber organizarme. En una labor como la periodística, en la que el tiempo es vital, el oficio de camarero me enseñó a atender varios frentes a la vez. A diario me pedían una paella en una mesa, otra más allá… Debías tener a todos tus clientes servidos. Hoy me dedico a fotografiar, a escribir, a hacer radio y televisión… Es como servir varios platos en distintas mesas. Llego a todo, gracias a ese aprendizaje de camarero. Mi cabeza se organiza como si estuviera en un restaurante.

Hay quien piensa que cualquiera puede tomar una buena foto…

Ese es el motivo de que la calidad de la prensa haya caído. Hoy se publican fotografías a cuatro o a cinco columnas tomadas por periodistas que no tienen el conocimiento técnico suficiente. Es lo común en la mayoría de periódicos. Por ejemplo, El País ha perdido calidad gráfica por este motivo. Por muy buena cámara digital que tengas, no podrás hacer buenas fotos si no tienes esa mirada personal del mundo, lo que se suele llamar “ojo fotográfico”. En la actualidad, los diarios intentan ahorrar presupuesto, pero pierden eficacia en la cobertura fotoperiodística. Hasta hace unos años, si te marchabas de viaje, por ejemplo a la India, llevabas quince rollos y con este austero material debías registrar todo y enviar a la redacción fotos buenas. No podías darte el lujo de disparar cien carretes, porque el revelado te costaba un ojo de la cara. Eso, si no tenías mala suerte y se estropeaba la película durante el trayecto. Hoy puedes hacer miles de fotos, corregirlas y editarlas en pocos minutos, a un coste muy económico. La revolución tecnológica ha producido algunos impactos buenos y otros malos.

Se hacen miles de fotos, pero se publican muy pocas. ¿Qué pasa con el resto?

Depende del tipo de trabajo. Algunas veces, el objetivo de una cobertura es publicar un libro u organizar una exposición. Ese proceso dura años. Es entonces cuando busco que las fotos hablen por sí mismas y cuenten una historia, como en Vidas minadas, un proyecto de sensibilización y denuncia sobre las minas terrestres antipersona, que muestra a las víctimas de esas armas. Otro ejemplo es la serie sobre la hambruna en Sudán, que recoge algunas de las fotografías seleccionadas por su riqueza visual. Hay imágenes que tienen fuerza por sí solas y funcionan mejor dentro de un reportaje porque son más explicativas. Otras tienen más potencia individual. Hay casos de fotografías que no se publicaron en la prensa y que terminaron formando un libro, como Niños de la guerra. Y es que los libros tienen más transcendencia para el futuro que un periódico, que se tira en cuanto lo lees.

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