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El precario que escribía

El escritor Javier López cuenta mediante crónicas cómo ha sido mascota, auditor de máquinas de tabaco, “captador de clientela” y speaker

RAQUEL MARTÍNEZ. Zaragoza.

Javier López presentó la nueva obra en la librería Cálamo de Zaragoza.

Javier López presentó la nueva obra, el pasado 28 de mayo, en la librería Cálamo de Zaragoza.

El precario sonríe: ha conseguido trabajo. Un trabajo que dura más que una promoción, incluso más que un campeonato de fútbol. Javier López Menacho, autor de Yo, precario, atiende a los lectores que han ido a la presentación de su recopilación de crónicas, de su novela, a la librería Cálamo de Zaragoza.

El local está a rebosar. Las dieciocho sillas que habían colocado se han quedado cortas. Más de la mitad de los asistentes está de pie, o sentada en los peldaños de las escaleras que conducen al piso superior. Del techo cuelgan jaulas con pajaritas de papel y las paredes están recubiertas con miles de libros de todos los tamaños y de todos los colores. El ambiente es relajado, ameno. Se escuchan susurros y risas, todos esperan a que Javier López comience a hablar de su libro o, más bien, de los trabajos precarios que a este treintañero le han aportado experiencia, poco dinero y un nombre nuevo.

María Angulo, profesora de periodismo, es la encargada de presentarle. Define al autor como algo nuevo en el periodismo de inmersión: “No se camufla, él es un precario”; y a su crónica como un conjunto de viajes que, desde la ironía, el enfado y la preocupación, denuncian las jornadas abusivas, los ridículos salarios y el maltrato laboral. Javier López la mira expectante, sonríe. Parece que está en otro mundo, que no se cree lo que le está pasando. Y así es.

El nuevo rostro de la precariedad afirma con un entusiasmado acento andaluz que está viviendo un cuento de hadas: “Es un sueño hecho realidad porque me agarré a lo que más me gustaba”. Y eso era escribir. Hace dos años trabajó como mascota de una conocida marca de chocolatinas, como auditor de máquinas de tabaco, como “captador de potencial clientela” para una famosa compañía telefónica y como speaker de la Eurocopa para la marca de automóviles patrocinadora. Y convirtió cada uno de esos trabajos en un viaje interior, en una crónica. “Escribía como catarsis personal: vomitaba el demonio que llevaba dentro”, asegura Javier López, para quien ir al trabajo se convirtió casi en una diversión: sabía que al llegar a casa haría otra crónica.  Encontró el lado positivo de la precariedad laboral: ahora tiene un libro, pero también sabe lo que es recibir el cariño desinteresado que los niños regalan a una chocolatina gigante.

María Angulo, profesora de la Universidad de Zaragoza, condujo la presentación.

María Angulo, profesora de la Universidad de Zaragoza y miembro del grupo de investigación, condujo la presentación.

Pero detrás de su ironía y su desenfado se esconde cierta decepción con la sociedad y con la clase política.  “Somos los responsables de levantar todo esto, de luchar para que haya un debate sobre la mesa”, señala el escritor con un semblante serio que contrasta con su humor hasta el momento. Yo, precario es su testimonio, un testimonio con el que quiere hacer reflexionar a los lectores sobre la sociedad de clases: “Cada vez los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres. Es la vanidad humana, la codicia: tener más a costa de los que tienen menos”, denuncia el autor. Javier López se retrae y recuerda cuando le atracaron por la calle: él llevaba diez euros en la cartera y estaba trabajando como auditor de máquinas de tabaco; por cada una de ellas le daban dos euros. “Ya no es que me roben los especuladores, ahora hasta el pobre le quita al pobre”, lamenta el escritor. Pero aún está muy lejos de llegar al desánimo, su intención no es transmitir angustia o desesperación. Todo lo contrario.  Para él la única forma de luchar es “irse arriba”, saltarse la escala de denuncias, abogados y juicios y acudir a los medios para hacer sonar las alarmas.

Aunque Yo, precario no tenía como fin dirigir sus críticas a empresas concretas, de poner en marcha las sirenas de grandes compañías cuyo nombre omite mencionar en el libro. ¿Por qué no? Por el miedo. “Tengo un máster en miedo”, señala el andaluz con un tono en el que se mezclan la diversión y la amargura. Javier López tiene que pagar el alquiler, y tenía muy claro que “pasara lo que pasara nunca pediría dinero”. Según él, su crónica no es intermedia, tal y como la han denominado otros escritores, “es una crónica intermiedo”. No es una casualidad que salga corriendo al final de cada una de ellas, para él “vivimos una corrida hacia delante”.

Pero correr no era la única estrategia que utilizó para hacer frente a la precariedad. Javier López desarrolló su propio mundo interior: cogió cariño y personificó sus nuevas rutinas. Cuando vio irse al traje de chocolatina en la furgoneta, cuando la bicicleta se quedó en la compañía telefónica o, incluso, cuando se despidió del megáfono con el que comentó la Eurocopa, sintió que “se los arrebataron”. Aunque la mejor estrategia fue conservar la esperanza, como se ve en el último episodio de Yo, precario.

Ahora ya no necesita estrategias, Javier López Menacho ha dejado de ser un precario, aunque afirma que se sigue sintiendo como tal: “Me siento más cercano a un trabajador de la ONG que a mi compañero de la empresa”. Aun así, espera no volver a serlo más adelante, pero, sobre todo, no olvidarse de lo que es ser un precario. “Es el trabajo más duro y el más difícil porque siempre estás en prácticas, pero no hay más remedio”, concluye entre risas el escritor. Javier López dice que vive muy, muy feliz, y, a la vez, con mucha rabia contenida. Y se despide con una sonrisa.

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